La Partícula de Luz

Verte,
y huir,
Para no encontrar en vos
La verdad de todas las verdades,
El espejo de los tiempos,
La tragedia del porvenir.

Huir para no develar grietas ni confesar pantallas,
Para no perder la sorpresa de lo inexorable,
La inocencia de creerme artífice.

Huir para no aceptar que soy prescindible,
Que no eclosioné mis potencias,
Que no me encontraré en un otro.

Huir

Anularte

Que la cotidianeidad te asfixie

Y solo entonces…
DESVANECERME EN LA QUIETUD DE LO MUNDANO

Reencarnación (Libre)

Lejos del aburrimiento existencial,
de la perturbaciòn y el caos,
busco el eje de mi cotidianeidad,
la conexiòn con un Dios no mìtico.


A pesar de las bifurcaciones
de la esencial duda,
y la carga de ser artìfice
de este tiempo breve...

Por amor a los trascendentales...



... CAMINO,

Sin mirar atrás.

El Hielo

Del ardiente mar emerge La Sinrostro.
Impulsándose con los brazos, libera el pecho,
el vientre,
y las piernas.
Su cuerpo vetusto repta sobre El Hielo.
Se cree a salvo, se recuesta y duerme.

No hay ecos en El Hielo. No hay sombras ni luces.
Perpendicular a su noboca fluye un veloz río de arena.
Las partículas explotan al tocar su piel,
pero La Sinrostro no despierta.

Entonces, una ex poetisa le dibuja los ojos
y las líneas de las palmas.
Sobre algún hielo, muere El Sinnombre.

La ex poetisa (quizá sea casualidad)
bosqueja una sonrisa para el nuevo rostro.
Y se hunde en el mar, apenas tibio.

Confusión

Despojarme de la piel y encontrarla,
en las calles, en el espejo, en los sueños.
Se encarna infinitamente en otro ropaje,
y quizá, otros huesos.

Juega a ignorar que me apropio
de su respiración y sus huellas.
Camina sin prisa, nada teme.

En el instante en que creo alcanzarla
(su ritmo se ajusta al mío o el mío al suyo)
Ella, mi alter ego, se dirige a hacia mí,
y me traspasa…

… Sé que ahora me sigue,
pero no puedo girar a comprobarlo,
porque mi caminar es lento y nuevo…
Otro el ropaje, otros los huesos.

La Pitonisa


a mi hermano


Lejos de mi suelo, camino sobre las huellas que olvidaron miles de años.
A pesar del calor, del terreno cada vez más empinado y del gentío y las insistentes recomendaciones de la guía, Delfos se yergue frente a mí.
Mensajes tallados en las rocas, libros eternos, las capillas votivas marcándome el camino... Recorro el estadio olímpico, pensando que en éste, alguien igual (y tan distinto) a mí, entrenó cuerpo y espíritu en busca de su areté. Sobre esta roca que hoy palpo, descansó entre carreras y meditó antes de encomendar a los dioses su victoria.
La guía concluye las explicaciones y regatea el tiempo libre. “Una hora” sentencia, y el grupo se dispersa. Abandono el estadio.



Los turistas ostentan cámaras fotográficas y botellitas de agua. Estoy sola. Me acerco, tanto como las vallas me lo permiten, a la rampa del Santuario de Apolo. Constato no ser vista, y me cuelo entre los restos exteriores del templo. Los rozo pensando que quizá no vuelva, que realmente estoy ahí y parte de ellos se quedará conmigo para siempre. El espacio entre las rocas es estrecho; sus aristas me raspan las piernas.



No sé qué hora es, pero no ha pasado demasiado tiempo desde que me alejé del grupo. El calor empieza a afectarme, y entonces me siento en una de las piedras que rodean al templo. Lo observo, lo grabo en mi memoria. Las columnas conservadas, el interior desnudo, los desniveles, los cuartos.


El sol en mi cara. Tras el templo, me hacen sentir a Dios las montañas cubiertas de árboles y el cielo turquesa. Doy vuelta las palmas hacia éste, cierro los ojos, relajo cada parte de mi cuerpo hasta anular los sentidos.
Un leve cosquilleo recorre mis manos, desde la muñeca hacia los dedos. Lo atribuyo al calor. Se intensifica. Me inquieto.


Abro los ojos: nadie a mi alrededor. Se han ido sin mí, o me estarán buscando o esperando… ¡se hace tarde para continuar el recorrido!
Me incorporo. En lugar de pantalones y remera, estoy usando un vestido blanco. Ya no tengo el cabello suelto sino arreglado con un peinado extraño. No llevo sandalias, estoy descalza. Me quedé dormida, pienso, y río de las locuras que sueño. Acaricio la tela, las cintas... ¡¡¡si pudiera verme!!!


El Santuario se encuentra íntegro y no hay vallas a su alrededor. Me sorprende su magnificencia. Es mi oportunidad de entrar, pienso.
En lugar de rocas diseminadas, un muro rodea el templo. El isquegaón, digo. Todo en ese lugar me resulta insólitamente familiar, conozco el sitio de cada ofrenda. Y sé dónde me esperan.

Una rampa señala la entrada. Suave mármol bajo mis pies (el mismo que recubre la fachada y las columnas). A mi izquierda el ex voto de Polízalos, y a la derecha, el de Cratero. Atravieso el Peristilo, y ya en el Pronaos, interpreto la frase grabada en el friso, “Conócete a ti mismo”, como una orden para adentrarme en el templo.
Cruzo la Cella y arribo al Altar de Poseidón. Elevo una oración frente a la estatua de Zeus. La inicial diversión es ahora una angustia foránea. Mi caminar se ha vuelto pausado, mi gesto altivo. Continúo hacia el Altar de Hestia, me inclino ante al fuego eterno. Desciendo al antro, subo al Adyton.
El rey Creso y los sacerdotes aguardan en la estancia contigua. Éstos últimos me transmiten la pregunta.

Bebo de la fuente Casotis y mastico hojas de laurel. Apoyo mi mano sobre el Onfalo, y aspiro los vapores de sus grietas. Mareos. Apenas en pie espero las palabras del gran dios. Finalmente, Apolo responde. Entonces, profiero sonidos ininteligibles y sin fuerzas, consigo sentarme en el Adyton.
Casi imperceptible, la interpretación de los sacerdotes y Creso pidiendo consejo. ¡Los sacerdotes mienten! Los hijos de Lidia morirán en manos de los persas y no podré evitarlo sin un alto precio.
Me arriesgo a que Creso confíe en mí. Salgo a su encuentro. Pido a los sacerdotes que se retiren, debo hablar con el rey. Se resisten e invocan que aún me encuentro bajo los efectos de los vapores. Le anuncio a Creso el destino fatal de su pueblo. Entre risas declara que su ejército es invencible. Los sacerdotes me sujetan por los brazos, la acompañaremos para que descanse, alegan. En el cuarto subterráneo me golpean y amenazan, hasta que no comprendo su lengua...

Una sensación de ahogo me despierta. Toso. Abro los ojos... ¿qué ha sucedido en mi amado templo? ¿Quién son esas personas que caminan apuradas, usando atuendos exóticos, hablando en múltiples idiomas?
Me incorporo. En lugar de mi vestido blanco estoy usando ropas extrañas. Tengo el cabello desarreglado y en los pies llevo sandalias ajenas.
Me quedé dormida, pienso, y río de las locuras que sueño. Una mujer dice algo y todos la siguen. También la sigo, curiosa de los límites (o no) de la imaginación.
El sol brilla sobre las ruinas de un anómalo Delfos.