Del ardiente mar emerge La Sinrostro.
Impulsándose con los brazos, libera el pecho,
el vientre,
y las piernas.
Su cuerpo vetusto repta sobre El Hielo.
Se cree a salvo, se recuesta y duerme.
No hay ecos en El Hielo. No hay sombras ni luces.
Perpendicular a su noboca fluye un veloz río de arena.
Las partículas explotan al tocar su piel,
pero La Sinrostro no despierta.
Entonces, una ex poetisa le dibuja los ojos
y las líneas de las palmas.
Sobre algún hielo, muere El Sinnombre.
La ex poetisa (quizá sea casualidad)
bosqueja una sonrisa para el nuevo rostro.
Y se hunde en el mar, apenas tibio.
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